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jueves, 16 de agosto de 2012

Trato humano en la locura del purgatorio

Nota publicada en Pagina 12 el 10/08/2012
A una semana de que se desatara el debate por las salidas “culturales” de presos, una crónica en el Centro Universitario de Devoto. Qué dicen sus estudiantes. Cómo resisten la violencia del régimen penitenciario y sus perspectivas al estudiar.
Por Ailín Bullentini
Algunas carteleras de corcho destrozan el color arena que recubre paredes, pisos y techo de pasillos y pabellones de la cárcel de Devoto. La monocromía, dicen, tiene una razón: contribuir con el viaje a la locura que sufren los que caen en desgracia en ese monstruo de cemento y hierro que se levanta en plena ciudad de Buenos Aires. 
Lomos de libros, computadoras, escritorios y apuntes suman en la conversión de ese sitio en un cúmulo de aulas universitarias, en salas de estudio, en el camino de un puñado de confinados al castigo que recorren lentamente hacia una profesión. 
Desde hace más de treinta años, el Centro Universitario de Devoto y los profesionales docentes y no docentes que allí trabajan, luchan para que el derecho a la educación efectivamente sea “para todos” y terminan siendo, para muchos de ellos, la “llave hacia la cordura”. 
Las historias personales se entremezclan en los pabellones del CUD, “el oasis” de esa prisión, como sus estudiantes lo llaman. Los prontuarios son el documento de identidad penitenciario que los presos aprenden, de a poco, a dejar del otro lado del pesado portón de reja que separa al oasis del desierto, aunque nunca los olvidan del todo. 
A Rodolfo le queda muy poco para respirar el aire ¿fresco? de la libertad condicional, un tanto menos de lo que deberá esperar Gastón, mucho más joven. Horacio, el mayor de los tres, llegó hace poco a Devoto a cumplir una estadía que promete décadas. Los tres se conocen de compartir pasos y una sensación casi igual a la libertad en el claustro universitario. Algún pedazo de sus experiencias fue rescatado “desde adentro” como una especie de “prueba de vida”. Porque claro, pese a todo, siguen vivos.
Gastón
Tiene veintitantos y la marca indeleble que una bala policial dejó en una de sus mejillas. Hace mucho que sobrevive en pabellones carcelarios, una experiencia que le confirma, día tras día, que lo que ocurre allí no hace más que descubrir la mentira del sistema penitenciario como método de resocialización de cualquier preso. 
“El servicio no se va a mover para resocializarte, no. Va a hacer todo lo posible por conseguir lo contrario. De acá se sale mal, y por eso se vuelve”, asegura con las evidencias que prueban su teoría a flor de piel.
Para llegar al CUD, Gastón debió completar bajo las reglas del servicio penitenciario todos los casilleros educativos anteriores a ese nivel que no había resuelto en la calle. Su paso por esos niveles y su avance en los caminos universitarios –estudia Ciencias Económicas– son, sobre todo, pruebas de sus ganas de salir de la cárcel y ser algo más que “un tipo que estuvo preso”. Porque “el tema de la resocialización está en la mente de uno. La salvación depende de uno”.
Se le nota la firmeza a Gastón, la fortaleza e incluso la convicción. Habla de las razones que le quitaron la posibilidad de crecer en libertad, incluso mucho antes de traspasar las puertas de Devoto. Se llama a sí mismo un “rebelde” que lucha contra un sistema que busca eliminarlo “sea como sea”: “En la calle fui rebelde para salvar a mi familia. Acá lo soy para salvarme a mí mismo”.
¿Salvarse de qué? Del sistema que “impera en una sociedad que se preocupa porque sus individuos no miren al de al lado y que acá se siente con más fuerza”. Ese acá se refiere al edificio con rejas, claro.
Ser estudiante universitario en la prisión también es ser un rebelde. “Te toman como peligroso. Uno puede empezar a ejercer sus derechos y para ellos eso es un dolor de huevos –explica Gastón–. No quieren personas que piensen acá. Quieren personas dóciles.”
No le disgusta ser el “enemigo número uno” de la cárcel en una lucha que es diaria y no le da descanso. Entrena en donde el “afuera”, la universidad, hace estallar la lógica del encierro para poder ganar cada una de las batallas que se le presentan. “Lo que pasa con nosotros acá es lo mismo que pasó en todos lados durante la dictadura. En la cárcel siguen torturando gente, te siguen metiendo el miedo en el cuerpo. Palos, miedo, verdugueo. En cuanto puede, el sistema te demuestra todo su poder. Se creen ellos (los guardias) superiores y buscan la manera de humillarte.”
Horacio
Ingeniero agrónomo desde muy joven, decidió tomarse su condena como un (gran) puñado de años sabáticos. De trabajo, de la vida que llevaba hasta que todo cambió hace tres años. 
Pero mirar la nada tampoco le apeteció, y pensó en el CUD. La sociología, dice, le “cambió la vida”: “Me permite pensar cada problema que se me presenta, afrontarlo; descubrir desde qué lugar se impone determinada restricción, a quién beneficia, a quién perjudica. La cárcel es un genial observatorio para ver todo eso”.
Las rejas son el objeto de su estudio sociológico, con el que descubrió que los presos son “el enemigo que el sistema no combate sino que esconde”. Desde hace poco más de un año coordina esa carrera rejas adentro, de la que ya tiene 22 materias aprobadas. También estudia Letras, como manera de “empujar, empujar, empujar”, sostiene. 
Empuja como todos ahí, porque “el CUD es una lucha por la cordura”. Habla claro y pausado, escucha a sus compañeros y se esfuerza por acomodar la charla colectiva. Se nota que disfruta de esa prolijidad que le sale por los poros para moverse por la vida. Algo falló, claro. 
Pero no da muchos más detalles al respecto. Tal vez por esa tendencia a la prolijidad intenta hacer metáfora de su “ser preso” con un código de limpieza y orden hogareños. “Los que estamos aquí, estamos barridos debajo de una alfombra en donde nadie mira. El ideal es que nos quedemos así, inmóviles, que no hagamos nada. Y si el preso se las arregla para salir de su estado y volver a reinsertarse en la sociedad, mejor para él, pero seguramente peor para el sistema”, define.
Horacio espolvorea el mate con azúcar, lo riega con agua hirviendo y lo hace girar en la ronda que también integran los jóvenes Gustavo y Shiva, los maduros Juan Carlos y Raúl. 
Cual micrófono, a través del mate, marca el tempo de la charla en la que, entre recogida y vuelta al ruedo, le permite acotar de a puchitos. Así hizo con el fantasma del traslado de la cárcel a Devoto, que sobrevoló los pabellones a mediados del año pasado y que latió fuerte dentro del CUD. “El miedo es a que si se traslada la cárcel, el CUD desaparezca –explica el ingeniero–. Devoto es un pulmón que resuena en el centro de la ciudad, es la voz de los 11 mil presos federales que hay. El traslado es el silencio.”
Rodolfo
“El CUD deja de ser la cárcel en cuanto a que uno entra acá y sale de la dinámica propia de los pabellones”, asegura este hombre maduro que está muy cerca de retomar su vida en la calle. Se para erguido, como preparado para defender algo que sabe que está en permanente amenaza: los pabellones universitarios. 
Que ese cacho de calle que es el CUD funcione en el corazón mismo del castigo hermético significa que no está a salvo de las miserias del sistema penitenciario. “Hay un cruzamiento permanente de instituciones acá. 
El CUD es el germen de la propia destrucción de la lógica carcelaria, en una vinculación en la que nosotros, los universitarios, vendríamos a ser una especie de tumor”, dice calmo, como quien explica una teoría con la que vive desde la cuna.
La tensión, continua, entre el “afuera” y el “adentro” se supera a diario a partir de la resistencia. Para él se trata de “resistir todo el tiempo contra los obstáculos que constituyen una situación de opresión y de amenaza permanente, angustiante”. 
Los obstáculos son, en la teoría de Rodolfo, las “reacciones diarias de boicoteo” con el que el sistema “ataca” la libertad del CUD. Las requisas arrasan casi a diario con las bibliotecas, el salón donde almuerzan, las aulas. Algunos libros, luego, desaparecen. El orden y la limpieza también, pero “eso se recupera rápido”.

domingo, 15 de julio de 2012

Nadie es irrecuperable....He visto las mayores conversiones en la cárcel

Fue a visitar a un preso que convive con el sida y le advirtieron que tenían que encerrarla durante el encuentro.
«¡Qué miedo me va a dar si es mi hermano!», les recriminó a los enfermeros. Cuando abrazó al paciente éste se puso a llorar. 
Sor Mari Luz sólo quiere «dar contento a Dios por todos los que le rechazan». 
Aunque pequeñita y delgada, es audaz y tiene una fuerza arrasadora. 
Esta hermana de las Hijas de las Caridad se acerca a los presos y les da una palabra de Dios que, según ellos, les cambia la vida. 
«Me llaman sor Tripi, porque cuando voy a la cárcel se ponen mejor que si tomasen droga», explica la hermana Mari Luz. «Cuando tú vienes alegras el patio», «cuando usted se va queda el patio ¡con una paz!», le señalan los presos y funcionarios. 
Y ella sólo responde que «es la palabra de Dios la que siempre da paz». Lo que no le falta a esta monjita es valentía. 
En Carabanchel va por el patio sola entre internos que muchos calificarían de «peligrosos». «Pero hermana ¿no le da miedo?», le preguntan. «¡Pero cómo me va a dar miedo si son mis hermanicos!».
Lo mismo repite cuando va a la enfermería. En la sala para personas que conviven con el virus del sida, en el Hospital penitenciario de Carabanchel, algunos le han dicho: «hermana aquí no viene ni Dios». «Dios sí y yo también», les contesta. 
«Pero hermana si entra a la habitación, tengo que encerrarla con él». Ella sin problema. Basta con que diga sonriente «oye hermanico, que yo estoy aquí porque Dios te ama mucho» para que ellos se pongan a llorar.  
Nadie es irrecuperable 
«En el fondo todos los hombres son buenos, pero algunos son ignorantes, nunca han oído hablar de Dios. Muchos dicen este es irrecuperable , pero yo he visto aquí las mayores preciosidades de conversión», sostiene.
 Sor Mari Luz ingresó a los 19 años en la congregación de las Hijas de la Caridad, aunque ya desde los siete sentía que «nadie podía llenar mi corazón más que Dios». 
Estudió magisterio y se dedicó a la educación de los niños hasta que comenzó a notar que muchos niños con problemas de estudios tenían algún familiar preso. 
Entonces le pidieron que visitara a una mujer mayor que estaba desesperada porque su hija había desaparecido. Finalmente encontraron a la joven en la cárcel de Picassent, Valencia, aunque después la trasladaron a la ex prisión de Yeserías en Madrid y Sor Mari Luz empezó a visitarla.
«Al principio iba a los locutorios, porque no pensaba entrar, pero me hicieron pasar al patio de las internas y esta chica venía junto con otras para que les hablara de Dios», añade. 
Su obra se extendió cuando comenzó a visitar en Carabanchel a los maridos o padres de estas mujeres. Al mismo tiempo asistía a los retiros de la Renovación Carismática Católica, donde surgió el deseo de formar un grupo de oración en todas las cárceles de España. 
Muchos de los presos ya han estado las asambleas de oración. «Cada vez que vuelven a la prisión los funcionarios me preguntan: hermana, ¿qué les ha hecho en el permiso que todos los internos vienen llenos de alegría? 
Y yo les digo que es Dios, que es tan bueno y tan precioso». 
Muchos presos también la conoce como «Torbellino Mari Luz» por todo lo que provoca cuando va a visitarlos. 
En una cárcel llegó a formar reuniones de oración a la que asistían 120 personas privadas de libertad.
 Una vez la llamaron de Nanclares de la Oca (una cárcel de Álava) porque había un preso que se había intentado suicidar. «No tengo a nadie más que a la hermanita Mari Luz», musitó a los guardias. «Fui corriendo a ver al chaval y no veas que alegría se llevó», recuerda. 
Un viento huracanado 
Pero «sor Torbellino» no evangeliza únicamente en la prisión. Cuando espera el metro o el autobús observa a las personas que están con el rostro triste. 
Se les acerca y sin pudor comienza a hablar: «pero no estés triste, mira qué palabra tiene Dios para tí». « La gente no lo rechaza, más bien le sorprende», asegura sonriente. 
En una ocasión se topó con un interno que había hecho un pacto con el diablo y le exigían que violara a una mujer lo más joven posible o le matarían. «Tienes que renunciar a satanás», le decía la hermana, «no puedo, no puedo», respondía él. «Con Jesucristo puedes porque Jesús le ha vencido». Aún así advierte: «abrimos una rendija a satanás cuando nos dejamos llevar, porque entonces nuestra vida no es en verdad amor a nuestros hermanos». «Lo que quiero es darle contento al Señor, darle descanso mientras otros le rechazan. Jesús es el más pobre de los pobres, siempre tan solo en el sagrario», explica.
 Antes de entrar a la cárcel pide a Jesús: «la misericordia con la que tú amas a cada uno de nuestros hermanos, sólo quiero que conozcan lo maravilloso que es Dios». 
Sor Mari Luz asegura que uno de los sitios en los que más cómoda se encuentra es en la prisión Herrera de la Mancha, en Manzanares, donde hay una capilla en la que puede orar antes de comenzar las visitas. Precisamente, a pesar de su plena actividad, vive en permanente oración siguiendo las enseñanzas del fundador de su orden, San Vicente de Paul, y de su lema: «no salgáis de la oración, hijas».  
Sor Mari Luz sabe cuál es el secreto para «vivir la presencia amorosa de Dios continuamente»: «Si yo puedo hacer todo esto es gracias a mis hermanitas, a mis superioras y a la Renovación Carismática».  
Fuente: Religión en libertad